Alabanza

La alabanza es una oración, por la cual nos maravillamos de las cualidades de Dios y las cantamos. Es una de las más bellas expresiones de amor de la criatura hacia su creador.

Decimos de algunas personas, que son dignas de admiración. Con más razón Dios, conocerlo es amarlo. Amarlo es alabarlo. Las escrituras nos piden muchas veces alabarlo, podemos incluso decir que se trata de un mandamiento. ¿Cómo comprender de otra manera las palabras de san Pablo?: “Estad, siempre alegres, orad constantemente, en todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1Ts 5,16). Esta necesidad de alabanza es una consecuencia del primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Lc 10, 27)

El Espíritu de Dios es un Espíritu de alabanza, Él es quien inspiró estas maravillosas alabanzas que son los salmos. Inspiro el Magnificat a María, sostuvo la exultación de Jesús (Lc 10, 21) y suscito la acción de gracia de los apóstoles el día de Pentecostés. No hay de que sorprenderse si la alabanza aparece con tanta fuerza en la Comunidad de Emmanuel: es obra del Espíritu Santo quien quiere crear un “pueblo de alabanza” para Gloria de Dios Padre.

La alabanza sana y libera “Yo le curaré, le guiaré y le daré ánimos a él y a los que con él lloran poniendo alabanza en los labios.” (Is 57, 18). Hay una unión misteriosa entre alabanza y sanación. Pensemos a la acción de gracias de Pablo y Silas, a media noche, en su prisión (Hch 16, 25-28): todas las cadenas de los prisioneros cayeron. Su alabanza los liberó pero también liberó a todos aquellos que la oyeron. En la oración común, la alabanza permite a Dios tales sanaciones... incluso hacia aquellos que solo se contentan con oír.

La Comunidad de Emmanuel insiste en la vivencia de una oración de alabanza gozosa, pidiendo la efusión del Espíritu Santo que nos quita el corazón duro como la piedra y nos da un corazón de carne (Ez. 11, 19-20) dócil a la acción de Dios, dispuesto a amar y servir con alegría.

Esta oración de alabanza tiene en la música y el canto un modo muy importante para su realización.

También en la oración espontánea, que se trata de un murmuro que se extiende en toda la asamblea, cada uno bendiciendo al Señor en voz bajita, con una gran libertad. Primero sorprende ver a todo el “mundo hablar al mismo tiempo”, poco a poco esta unión, este poder, esta amplitud que es fruto de la oración colectiva nos llega a lo más profundo del corazón.